El Poder del Perdón

(Tomado de: “El Líder Conforme Al Corazón de Dios”)
Qué es para ti perdonar?

*  Perdonar – quitar la culpa del culpable.

El perdón es una gracia de Dios.  ¿Sabes?  En la antigüedad era mandato de Dios que se hiciera sacrificio de un cordero para perdón de los pecados.  Este cordero debía ser perfecto y sacrificado conforme a la ordenanza de Dios.  Sin embargo, el pecado aumentó a tal grado que ya no había sacrificios suficientes que pudieran cubrir los pecados de la humanidad que ahora habían traído como resultado la separación entre el hombre y su Dios.  Fue entonces cuando “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.” (Juan 3:16).  Vez, Cristo tomó el lugar del cordero perfecto y “…sufrió la cruz, menospreciando el oprobio…” (Hebreos 12:2) por lo que ahora tu y yo: “Justificados, pues por la fe (en Cristo), tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo…” (Romanos 5:1).  Cristo fue el autor de la gracia – don inmerecido.  Él llevó nuestra culpa.  Nos correspondía a nosotros morir; sin embargo, Jesús lo hizo por nosotros reconciliándonos con el Padre para que obtuviésemos Su perdón.  Una vez le recibimos al creer en él y confesarle públicamente (bautismo) – “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación.” (Romanos 10:10) – somos participantes de Su gracia y perdón.

Ejercitando el perdón.  Imagínate un joven de diecisiete años, muy amado de su padre, pero muy odiado de sus hermanos.  Sentenciado a morir en una cisterna y luego al esta no tener agua, vendido por unas veinte piezas de plata.  Solo, sin padres ni familia, expuesto a un nuevo idioma, nuevas costumbres y no solo esto sino que de ser hijo, pasa entonces a ser esclavo para siempre.  Este fue el comienzo de la juventud de José.  Sin embargo, aproximadamente treinta y cinco años más tarde; acompañado por Dios, ocupó un lugar muy destacado en Egipto.  Un día llegaron unos ancianitos en grande necesidad; José los reconoció como sus hermanos.  Al verlos comenzó a llorar disimuladamente.  El solo hecho de pensar en las consecuencias que habían acarreado sus hermanos por el pecado y los recuerdos tristes de su último encuentro, le causó gran dolor.  José no hubiese querido que sus hermanos, su propia sangre y carne, sufrieran tanto como lo estaban haciendo.  No cabe duda que José era un varón de Dios.  José los perdonó y en vez de tomar ventaja sobre ellos ante su posición en Egipto los consoló y les habló al corazón.  Estos ahora postrados delante de él, le pedían ser sus siervos.  José les respondió: “No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?  Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.  Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos.  Así los consoló y les habló al corazón.” (Génesis 50:16-21)

Miremos a este modelo del perdón:

El perdón fue verdadero.  Aunque sus hermanos no habían conocido el carácter de un varón de Dios, ni el ejercicio del perdón; José había aprendido un estilo de vida diferente en la presencia de Dios.  Se había acostumbrado a no fingir, y a desechar la simulación que había en sus hermanos.  Su perdón fue una auténtica evidencia de su carácter de hombre de Dios.

Lo sucedido le causó dolor.  José lloró al darse cuenta de las consecuencias de la mentira de sus hermanos y le dolió en gran manera el verlos siendo esclavos de la aflicción y el remordimiento o falta de paz que arrastraron por tantos años.  José demostró que había perdonado al sentir dolor por el pecado de sus hermanos.

Supo ocupar su lugar.  Aunque esa pudo haber sido su oportunidad de enorgullecerse, no ocupó ese lugar sino que respondió: “¿Estoy yo en lugar de Dios?”.  El sabía que solo Dios puede perdonar y tenía muy en claro que el perdón no era un merecimiento (algo que se merece), sino una gracia, y la gracia es un don de Dios.  Solamente Dios podía decir NO.  José pudo perdonar al permitirle a Dios que ocupara Su lugar.

Aprendió del error.  Los hermanos de José le habían hecho un mal que les había traído remordimiento toda su vida.  No tenía al Dios de José, ni tampoco lo habían conocido de la manera que José había aprendido a conocerle.  El momento que habían hecho el mal solo estaban pensando en el “aquí y ahora”, o sea cumplir el deseo de su corazón, sin pensar en las consecuencias.  Sin embargo, Dios le había enseñado a José una interpretación diferente acerca de todo lo acontecido: “Vosotros pensasteis mal contra mí, pero Dios lo encaminó…para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo.”  Si José no hubiera tenido un corazón perdonador, no hubiese podido aprender a valorizar las pruebas como Dios quería enseñarle.  Por el contrario, su amargura hubiera tomado dominio y hubiese puesto condiciones a los planes de Dios.  Pareciera que en el corazón de José abundaba el fruto del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza” (Gálatas 5:22-23).

El perdón fue evidente.  José sabía que en el corazón de sus hermanos no tenían paz.  Por lo cual, les habló al corazón y consolándoles les dijo: “No tengáis miedo… yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos.”  Los tranquilizó, les prometió abundante sostén y los consoló con ternura.

Quizás tu y yo hemos vivido experiencias duras que han llegado a marcar nuestro corazón en ocasiones por el resto de nuestra vida.  De todos modos, Dios quiere que seamos felices en el.  Sin embargo, esto implica que aprendamos a recibir de él y a ejercer para con otros la gracia del perdón.  Nosotros habremos perdonado cuando cada una de estos pasos se hagan realidad en las situaciones duras, necesitadas de perdón, que hemos vivido.  Una vez esto acontezca, entonces habremos madurado un poco más y habremos obtenido el verdadero carácter de mujer u hombre de Dios.  Aprendamos a amar…aprendamos a perdonar. Solo podremos si dejamos que Dios ocupe Su lugar.

Speak Your Mind

*